¿Podemos educar las emociones?

Es en la palabra educación donde queda englobado todo nuestro trabajo como docentes y como padres. Sería motivo de largos artículos, debates, coloquios… reflexionar acerca de lo que entendemos por educación, ya que tal vez en la concepción de esta palabra podríamos encontrar algunos de los motivos por los que nuestro país si sitúa a la cola de Europa en términos de educación.
De forma simplificada, podemos decir que educar es enseñar, guiar, mostrar, motivar, ofrecer herramientas, recursos, estrategias, autonomía, querer, ayudar, animar…. en el ámbito escolar y del aprendizaje o en el ámbito familiar y madurativo. Por lo tanto podemos educar en conocimientos, valores, normas de educación, en ser mejores personas… pero en ocasiones la educación emocional queda un poco apartada. Parece haber una concepción compartida sobre las emociones donde estas son causa siempre de alguna circunstancia concreta y al mismo tiempo consecuencias de otras circunstancias concretas, y que para cambiar y educar en las emociones debemos actuar en los factores externos que conlleva la emoción.
Pero debemos saber que si es posible educar en la emoción, seguramente no es una tarea fácil y no todo el mundo está preparado para ello. A grandes rasgos podríamos decir que un “itinerario” para educar las emociones sería el siguie nte: En primer lugar enseñar un vocabulario de las emociones, es decir, mostrar al alumno lo que significa tristeza, alegría, miedo, rabia, amor, vergüenza…. En ocasiones nos encontramos alumnos que experimentan alguna emoción o sensación en su vida diaria a la que no saben poner nombre y por lo tanto no saben identificar, por lo que sin una identificación de la emoción que se está experimentando va a ser imposible plantearse tareas como la de canalizar o cambiar esa emoción.
En un segundo lugar podemos “educar” al alumno realizando un reconocimiento de las emociones (tanto negativas como positivas) que se presentan en la vida diaria, tanto en la propia persona como en la de los otros. Esto ayuda a generalizar el conocimiento de las emociones que previamente hemos realizado. Para ello se plantean situaciones, escritas o vivenciadas donde el alumno debe identificar la emoción que experimenta cada personaje, dándose cuenta paralelamente del motivo que origina tal emoción y la manera en que se expresa.
Una tercera vía de actuación, una vez el alumno ya conoce las emociones, sería la de enseñarla a que la exprese. Para ello lo podemos hacer a través de la dramatización, donde manera exagerada o teatral el alumno encuentra la forma de expresar y dar salida, no sólo a sus emociones, sino a sus pensamientos, ideas…
En cuarto lugar, podemos enseñar a controlar las emociones. Este aspecto resulta ya tarea más compleja, y se deben utilizar diferentes técnicas de tipo conductual, de relajación… Estos no son más que cuatro ejes básicos para educar en la emoción. Una vez consideramos que el alumno ya tiene “conocimientos” en el área de las emociones, podríamos iniciar un trabajo de generalización para irnos al antes y al después de las emociones. Para ello, podemos utilizar por ejemplo la técnica del semáforo de las emociones, donde en primer lugar al alumno tiene que identificar la emoción (hemos trabajado ya anteriormente para ello), posteriormente debe ver de donde procede y finalmente ha de observar cómo se responde o que conductas conlleva. Está claro, que este artículo a diferencia de otros ya publicados en este blog, no pretende ofrecer pautas y recursos para que profesores y padres lo apliquen en casa, ya que la educación de las emociones es un terreno complejo que requiere preparación. Pero si que queremos hacer llegar el mensaje de que sí es posible educar emocionalmente en aquellos alumnos con una cierta inmadurez emocional.

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